¿Te has parado a pensar alguna vez en qué es la oración? Enseñamos a los niños que es hablar con Dios. Sabemos que debemos rezar con regularidad, y hay todo tipo de prácticas y ejercicios para profundizar en tu vida de oración. La mayoría de nosotros probablemente tiene miedo de no rezar. Pero, ¿por qué debemos orar? Como todo, la tradición católica tiene respuestas exhaustivas. La siguiente es una breve guía con mis propias palabras, pero tomada del Doctor Angélico, santo Tomás de Aquino (ST II-II, q. 83).

Cuando oramos, debemos pedir cosas. Jesús nos enseñó a rezar en el Padrenuestro, y las peticiones son específicas. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas. No nos dejes caer en tentación. Les dijo a los discípulos que pidieran cosas concretas, no sólo: “Dios, concédeme cosas buenas”. Podemos, por supuesto, rezar por cosas que podríamos utilizar mal, como rezar por las riquezas o el poder con un corazón pecador. Pero es maravilloso rezar específicamente por cosas buenas para poder seguir la voluntad de Dios. También podemos pedir cosas mundanas, como un sustento suficiente, la salud de nuestro cuerpo, incluso bienes materiales adecuados a nuestro estado de vida, como casas o coches, si nuestro motivo no es la codicia o el orgullo.

Debemos orar por los demás, incluso por nuestros enemigos. Santiago 5:16 dice: “Recen unos por otros, y se sanarán”. Debemos pedir a Dios lo que debemos desear, y debemos desear cosas buenas tanto para nosotros como para los demás. La caridad exige que recemos por los demás y no por nosotros mismos. Se nos instruye a ser incluso caritativos con nuestros enemigos en Mateo 5:44: “Amen a sus enemigos, oren por sus perseguidores”. Rezamos por los enemigos porque se nos dice que los amemos. ¿Qué significa “amar” a un enemigo? Significa que los amamos en su naturaleza, por lo que son, pero no en su pecado. Si fuéramos perfectos, amaríamos absolutamente a nuestros enemigos. Sin embargo, como no somos perfectos, seguimos estando obligados a incluir a nuestros enemigos en nuestras oraciones. Dios también los creó. 

Los santos del cielo rezan por nosotros. Mientras estemos vivos, podemos rezar como un acto del intelecto a Dios en caridad por los demás. Los santos tienen una caridad aún mayor en el cielo porque están perfectamente unidos a Dios. La caridad con la que rezan es proporcional a la gracia que podemos recibir al navegar por una vida de fe. “Los seres inferiores”, dice Santo Tomás, “reciben un desbordamiento de la excelencia de los superiores, como el aire recibe el brillo del sol”. Por eso, pide a todos los santos y mártires que recen por ti. Llámalos por su nombre. Diles lo que necesitas y pídeles que recen por todos los que amas.

No pasa nada si nuestra mente divaga accidentalmente. La atención es necesaria cuando rezamos. Para empezar a rezar, debemos tener la intención de fijar nuestra mente en Dios, y eso cuenta. Es bueno que deseemos que nuestra mente ascienda a Dios mediante la contemplación, pero es humano que nuestra mente se desvíe en la debilidad. Santo Tomás lo expresa así: “La mente humana es incapaz de permanecer en lo alto durante mucho tiempo a causa de la debilidad de la naturaleza, porque la debilidad humana hace pesar el alma al nivel de las cosas inferiores”. Sin embargo, ¡esto no es una excusa! Si nos limitamos a murmurar las palabras o los pensamientos perezosamente y ni siquiera intentamos permanecer atentos, no estamos intentando realmente cumplir nuestra obligación con Dios. No estamos rezando. Pero si lo intentamos y nuestra mente divaga, Dios lo entiende. Hay momentos en los que realmente nos cuesta rezar a causa de la enfermedad, la pérdida, el aislamiento, la depresión o la frustración. Tal vez sea aquí cuando la intención cuenta más.

La oración es gratificante. Santo Tomás dice que la oración es gratificante de dos maneras relacionadas. En primer lugar, la oración proporciona consuelo espiritual mientras rezamos. Es un acto de razón y amor que procede de la justicia y la caridad. La oración tiene el efecto de unirnos con Dios en el momento. Incluso la más pequeña oración requiere fe, y en efecto sería imposible rezar sinceramente y, al mismo tiempo, no desear estar más cerca de Dios. Si alguna vez sentimos que hemos perdido la fe, sólo tenemos que rezar. En segundo lugar, la oración nos trae la gracia, Cristo en nuestras almas, que a su vez restaura nuestra fe, de modo que la oración y la fe forman un círculo completo. Podemos estar dolidos o dudar, pero el mínimo de fe que nos lleva a rezar nos llenará de gracia para que nuestro don de fe se intensifique. La oración se convierte en un regalo de Dios. ¿No es hermoso? Cuanto más intentamos pagar a Dios por nuestra existencia y redención, más nos colma Dios con el don de la fe para que podamos ser felices con él ahora y siempre.

By Stacy A. Trasancos

Stacy A. Trasancos, PhD is the Executive Director of St. Philip Institute of Catechesis and Evangelization in the Diocese of Tyler. She is responsible for directing the team to fulfill the vision that Bishop Strickland set forth in his Constitution on Teaching the Catholic Faith. She has a PhD in Chemistry from Penn State University and a MA in Dogmatic Theology from Holy Apostles College and Seminary. Dr. Trasancos is author of three books on faith and science, has written numerous articles for Catholic journals and magazines, and has appeared across the nation on Catholic radio and television. She has seven children and five grandchildren and makes a home with her husband, Jose, in Hideaway, TX.