Me complace ofrecer estas reflexiones sobre la llamada a la santidad personal y cómo esta búsqueda afecta a cada elección y paso que damos en nuestro camino diario. Considero la cuestión de la santidad personal en el contexto de la llamada vocacional del matrimonio, y cómo todos estamos llamados a ofrecer apoyo financiero a la obra de la Iglesia. A primera vista puede parecer que son hilos relativamente dispares de nuestra vida. ¿Cómo se relaciona nuestra llamada a la santidad con el hecho de vivir un matrimonio fuerte y hacer contribuciones financieras a la Iglesia? Creo que es precisamente en la llamada personal a la santidad donde estos distintos aspectos de nuestra vida se unen en un tapiz de dar gloria y alabanza a Dios en todo lo que hacemos. De este modo, nuestro viaje por la vida se convierte en un camino unificado hacia la plenitud final en Dios que hemos sido creados para buscar. A menudo me refiero a las conocidas palabras de San Agustín: “Nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en Dios”. Espero que con esta breve reflexión pueda al menos dar algunos pasos iniciales para ayudarnos a todos a buscar más intencionadamente ese “descanso en Dios” que anhelamos naturalmente en nuestra realidad humana.

Hemos sido bendecidos con numerosos modelos de santidad en la rica historia de nuestra fe católica y ciertamente nos animo a todos a atesorar a esos santos favoritos que nos inspiran. A pesar de lo maravillosa que es la comunión de los santos, al considerar la llamada a la santidad y cómo ésta dirige la vida de cada hombre y cada mujer, creo que es importante recurrir a los modelos más grandes. Jesucristo, el Dios-Hombre y la Inmaculada Virgen María, la mujer sin pecado. Estos pilares de fuerza son esenciales para la Iglesia y para cada uno de nosotros en nuestro camino individual. Incluso mientras escribo esto puedo imaginar la reacción que pueden tener algunos de ustedes. Ciertamente, puedo entender la réplica: “¿Cómo podemos estar a la altura de esos modelos?”. A lo que respondo con toda seriedad: “Con Dios todo es posible”. Es una reacción bastante racional exclamar que los modelos de Jesús y la Santísima Virgen María son “demasiado perfectos” para nosotros, como humanos pecadores, pero creo que es esencial que mantengamos esa vara así de alta. 

Si repasamos el mensaje básico de las Sagradas Escrituras, se nos recuerda que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Jesús mismo nos exhorta a “ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Estas revelaciones nos recuerdan que la llamada a la santidad nos supera en muchos aspectos. Me atrevería a decir que este es precisamente el punto, estamos llamados más allá de los límites que nos ponemos a nosotros mismos y por la gracia de Dios a buscar constantemente una mayor santidad. Cuando intentamos mirar a Jesús y a María como prototipos de santidad para todos nosotros, es útil reflexionar sobre quiénes son en realidad. Nuestra rica herencia católica nos ofrece una comprensión bellamente desarrollada de quién es realmente Jesús de Nazaret y quién es también María de Nazaret, la mujer elegida para ser la Madre de Dios. Yo sugeriría que necesitamos entrar en una relación íntima con la humanidad de Jesús y de María mientras buscamos crecer en nuestro camino hacia una mayor santidad. Este es realmente el corazón de lo que es la llamada a la santidad para cada hombre y mujer, la llamada a conocer a Jesús y a su madre más íntimamente.  

Es importante afirmar con toda claridad que Jesús, como Hijo Divino de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad, está realmente más allá de nosotros como hombres y mujeres. No hay ninguna equivalencia entre el Hijo Divino de Dios y la mujer que fue elegida para ser su madre. Jesús es divino y María no, pero la providencia divina los ofrece como modelos del hombre y la mujer piadosos. La plena humanidad de Jesús es su maravilloso regalo de amor a toda la humanidad. Toda la humanidad puede mirar a Jesús y a su madre en busca de inspiración cuando buscamos la santidad. Especialmente en el contexto de la vocación al Matrimonio, el hombre que busca ser un marido santo y la mujer que busca ser una esposa santa pueden obtener una gran inspiración al reflexionar sobre ellos.

Siguiendo con nuestra reflexión sobre los modelos de santidad que nos ofrecen Jesús y María, recurro a un libro de Daniel O’Connor que empecé a leer hace poco, titulado Hágase tu voluntad, el autor cita al siervo de Dios, el Arzobispo Luis Martínez, diciendo: “Jesús puso al descubierto el anhelo fundamental de su alma cuando nos enseñó a decir: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Refiriéndome de nuevo a la famosa cita de San Agustín, propondría que nuestros corazones están inquietos cuando vivimos nuestra voluntad en lugar de la de Dios.  Este libro nos recuerda que la voluntad de Dios es nuestra mayor realización y el autor continúa explicando que esta frase es la cúspide del Padre Nuestro, la oración modelo que Jesús enseñó a sus discípulos. Señala que tanto Jesús, en su voluntad humana, como María, en su libre albedrío de mujer, personifican el cumplimiento de esta oración. Su propio ser es una vivencia del “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, tal como se dirige a Dios Padre. 

Volviendo a la idea de crecer en la santidad personal como algo esencial para el matrimonio y para cumplir con la llamada a ofrecer apoyo a la Iglesia a través de ella, yo propondría que buscar vivir “que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo” es un gran fundamento para todo hombre y mujer. La verdadera dedicación a buscar siempre la voluntad de Dios nos pone en un camino como seres humanos que nos dispone a buscar el bien del otro y a responder generosamente a las necesidades que vemos a nuestro alrededor. Tanto el compromiso del Matrimonio como la voluntad de vivir como miembro comprometido de la comunidad católica exigen una madurez que se ve muy reforzada cuando buscamos siempre la santidad personal, buscando la voluntad de Dios en lugar de centrarnos en la nuestra. Esforzarnos por vivir la voluntad de nuestro Padre celestial nos pone en un camino sólido para vivir cualquier vocación que Dios tenga para nosotros y hacerlo con un corazón generoso.

By Bishop Joseph E. Strickland

Bishop Strickland was born the sixth child of Raymond and Monica Strickland in 1958. He grew up near Atlanta, Texas, where the Strickland’s were founding members of St. Catherine of Siena Church. On June 1, 1985, Strickland was ordained to the priesthood for the Diocese of Dallas by Bishop Thomas Tschoepe at St. Monica Catholic Church. Upon the creation of the Diocese of Tyler in 1987, Father Strickland joined the presbyterate of the new diocese and was named the first vocation director in March of 1987 by Bishop Charles Herzig. In August of 1992, he was assigned to study canon law at Catholic University of America. After completing his licentiate (JCL) in canon law in May of 1994, Father Strickland was assigned by Bishop Edmond Carmody as pastor of the Cathedral of the Immaculate Conception in Tyler. He was appointed judicial vicar for the diocese in 1995 and was named a Prelate of Honor with the title of Monsignor by Pope John Paul II in 1996. In September of 2012, Pope Benedict XVI named Msgr. Strickland as the fourth Bishop of Tyler. He was consecrated as bishop on November 28, 2012 by Cardinal Daniel DiNardo of Galveston-Houston.