Noviembre es una gran época del año, especialmente en esta parte del país. En el este de Texas, noviembre significa que las temperaturas están por fin alcanzando niveles respetables. Puede que en realidad no haga frío, pero al menos el calor sofocante del verano finalmente nos ha dejado. Las hojas cambian y caen, el fútbol americano está en pleno apogeo y, en general, es una época muy agradable. Además, las festividades están a la vuelta de la esquina. Una vez que llegamos a Acción de Gracias, es como una gran fiesta hasta el año nuevo. El Día de Acción de Gracias incluye ciertas costumbres y tradiciones relacionadas con este día, y estoy seguro de que tan sólo con ver la frase muchas de estas cosas vienen a la mente: tartas, pavo (o jamón), el desfile de Acción de Gracias de Macy’s, las películas navideñas favoritas, etc.

Estas tradiciones están muy bien, pero ¿sabía que la frase “acción de gracias” tiene también algunos significados teológicos muy particulares? Todos los años, en esta época, siempre me sorprende que nuestra cultura estadounidense le dé tanta importancia a la festividad de Acción de Gracias, mientras que, al mismo tiempo, no abraza el significado más profundo de la frase. De hecho, para una nación con tantos cristianos, me resulta francamente desconcertante que este no sea un tema de conversación más común durante las festividades. 

En las Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el concepto de acción de gracias es uno increíblemente importante. En efecto, tanto las liturgias de la Antigua Alianza como las de la Nueva Alianza se centran en el concepto de acción de gracias, o de dar las gracias. En hebreo, el término todah significa literalmente acción de gracias, pero también puede hacer referencia a una confesión de alabanza o gratitud. Muchos católicos probablemente estén familiarizados con el sacrificio de animales de la Antigua Alianza (Cf. Gn 15). Dios pedía regularmente a los israelitas, y a sus líderes de la alianza, que sacrificaran animales como parte de las ceremonias de alianza, pero también era habitual el sacrificio de animales como ofrenda por el pecado. La lógica era que el pecado era una especie de muerte espiritual, y la muerte del animal de algún modo redimiría el pecado; la muerte del animal reemplazaba a la muerte espiritual del pecador. Esta situación dio lugar a muchos tipos de sacrificios: holocaustos, ofrendas de holocausto, así como también ofrendas de cereales (o granos). Probablemente, la mayoría de nosotros está al menos vagamente familiarizado/a con este tipo de ofrendas, que pretendían reparar la relación entre los seres humanos y Dios, especialmente cuando había pecado humano. 

Sin embargo, existe una categoría entera sobre sacrificio en el Antiguo Testamento conocida como la todah que muchos católicos usualmente desconocen. El Dr. Tim Gray, del Instituto Augustine, señala que los antiguos rabinos tenían la todah en alta estima, diciendo que “un antiguo dicho rabínico señala este punto: ‘En la próxima era mesiánica cesarán todos los sacrificios, pero la ofrenda de acción de gracias [todah] nunca cesará’”.*

Entonces, ¿qué era la todah? El sacrificio de la todah era un sacrificio especial que incluía tres elementos: pan, vino y la carne de un cordero. Estos elementos serían compartidos en una comida especial que conmemoraba la intervención salvífica de Dios en la vida de una persona. Era una manera de dar gracias a Dios por haber sido rescatados de algún peligro o riesgo particular. La comida sería, pues, una muy solemne ocasión para agradecer a Dios por la liberación, y no se trataba de cualquier cordero, sino de uno sacrificado en el Templo específicamente para la comida de la todah. El pan de la comida también se consagraría al mismo tiempo que se sacrificaba el cordero. Durante esta comida, se cantaban salmos especiales conocidos como salmos de todah. Estos salmos conmemoran la intervención salvífica de Dios en la historia de Israel e incluyen el Salmo 116 y el Salmo 22 (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). 

Esta noción de una comida sagrada que se ofrece para dar gracias a Dios por su acción en nuestras vidas, por supuesto, no se limita sólo al Antiguo Testamento. De hecho, podríamos decir con razón que la Eucaristía, la liturgia de la Nueva Alianza por excelencia, es la realización de la todah. Por supuesto, la Última Cena, donde Jesús celebró la primera Eucaristía, se caracteriza por la acción de gracias. Jesús literalmente “eucaristió” el pan, o dio gracias por el pan, que se convirtió en su cuerpo (Cf. Lc 22: 19). La Última Cena se concibe habitualmente como una comida de Pascua, pero hay un sentido muy real en el que la comida de Pascua puede considerarse como una especie de todah. La todah tiene que ver principalmente con agradecer a Dios por alguna intervención, mientras que la Pascua trata principalmente de recordar lo que hizo Dios para liberar a Israel en el Éxodo. 

De todos modos, la conexión entre la liturgia del pan, el vino y la carne de cordero en la todah y el pan, el vino y el cordero de la Pascua es innegable. Lo que celebramos los domingos en la Misa no es sólo la continuación de las acciones de Jesús en la Última Cena. Es la culminación del culto de la Antigua Alianza, transformado y trascendido. Mientras que en la Antigua Alianza se ofrecían liturgias separadas para el perdón de los pecados y la celebración de la intervención salvífica de Dios en la vida de Israel, en la Misa ofrecemos un sacrificio incruento del Cordero de Dios, quien victorioso vence sobre el pecado y la muerte. Pero también, al mismo tiempo, damos gracias a Dios por esa victoria sobre la muerte y por su intervención en nuestras vidas. 

Por lo tanto, en esta época festiva, y especialmente al acercarnos al Día de Acción de Gracias, adentrémonos todos en ese solemne acto de agradecimiento al que tenemos la fortuna de formar parte: la todah mayor, la Eucaristía. Una buena manera de hacerlo es ir a misa el Día de Acción de Gracias, pero otra podría ser tomar algunos de los elementos rituales de la todah e incorporarlos en su comida familiar. Tome un poco de pan especial, comparta un poco de vino, y rece tal vez uno de los salmos de todah.


*Gray, T. (2004). De la Pascua judía a la Eucaristía cristiana: El sacrificio de la todah como telón de fondo de la Última Cena. En S. Hahn y R. J. Flaherty (Eds.), Catholic for a Reason [Católicos por una razón] III: La Escritura y el misterio de la Misa (pp. 68-69). Steubenville, OH: Editorial Emmaus Road.

By Dr. Luke Arredondo

Luke Arredondo is Director of Faith Formation for the St. Philip Institute. He received his PhD in Religious Ethics from Florida State University, and his MA in Theological Studies at Notre Dame Seminary in New Orleans, where he studied under Brant Pitre and Chris Baglow. He is co-author with Stephen Bullivant of O My Jesus: The Meaning of the Fatima Prayer (Paulist 2017), and has written for the National Catholic Register, Aletia, and Catholic East Texas. His most important work, however, is as a husband to his wife, Elena, and father to their five children.